sábado 21 de enero de 2012

Panorama exterior: Otra vez la pobreza

Lejos del abismo del Tercer Mundo, en el occidente europeo, la pobreza -quizá por su carácter esencialmente relativo- ha presentado muchas definiciones y hasta límites controvertidos que han variado sustancialmente con el desarrollo del conocimiento, de la reivindicación pública y con el disfrute pacífico de las libertades. En fechas relativamente recientes, cuando el presidente Lula alcanzó el poder, su propuesta era tan elemental como incuestionable: Todos los brasileños debían comer tres veces al día. Cada encrucijada social define la pobreza de una manera distinta. El acceso a los bienes y servicios básicos (alimento, agua potable, vivienda, educación y sanidad) determina una condición de pobreza extrema que muchos pensaban desterrada para siempre de los países occidentales de nuestro entorno. Pero la pobreza ha vuelto y convive otra vez con nosotros medio oculta, creciente y cegada por el exceso ridículo de luz artificial que anega las ciudades o abrigada en la oscura soledad de abiertos campos, antes yermos, donde brotan ahora apresuradamente preciosos vegetales bajo el plástico precario de inmensos invernaderos que parecen remiendos del paisaje.
Desde hace décadas, el hambre y la pobreza fueron diluyéndose en el estómago de la inmigración y en la pantalla opaca y silenciosa del Estado del Bienestar. La pobreza dejó de ser visible y fue sustituida por la pura marginalidad, una magnitud necesaria para alimentar voraces y oscuros apetitos vinculados con las grandes adicciones. Fue el crimen organizado quien hizo que su fiereza destrozara generaciones y recorriera los arrabales de cualquier ciudad entre dosis de indiferencia y hasta de impunidad. Mi generación no ha convivido con pobres, con honrados y prolíficos menestorosos, con familias tan necesitadas que tuvieran que recurrir a la caridad para obtener el alimento o el techo. La pobreza, la harapienta y limpia pobreza involuntaria que venía condicionada por la cuna, el clasismo y la ausencia de un trabajo estable y mínimamente retribuído, casi había desaparecido en occidente para orgullo de todos y para sostener una mínima dignidad colectiva.
Algunos, desde hace algún tiempo, sentimos que vuelve la pobreza. Los más necesitados, los mayores sin recursos con apercibimientos de deshaucio a los que olvida completamente su familia, los jóvenes sin empleo, las familias monoparentales con mujeres sometidas a vergonzosas condiciones de trabajo son colecivos que ocupan espacios de marginalidad, de rabia y de silencio. ¿Veremos de nuevo, en las calles de la brillante Europa, la indigencia del frío o esa suprema humillación del hambre?
Quien me tache de apocalíptico creo que no sabe descubrir las traiciones del mundo.

Foto Jesus García HInchado

jueves 5 de enero de 2012

Panorama interior: Crisis de ayer

Hablar de crisis es hablar del pasado y enturbiar un poco más nuestro futuro. La escasez monetaria no es una contingencia, es una nueva realidad consolidada que ya tiene el atributo de lo ordinario. Lo crítico se vincula con una cierta fugacidad, con la dislocación abrupta de una sociedad sorprendida que desemboca, si nadie lo remedia, en un grave conflicto o en una extendida depresión ciudadana. Solo la escasa virtud que encuentra la vida pública en la verdad, mantiene esta especie de inútil esperanza en recuperar precisamente ese pasado que nos condujo al pequeño abismo cotidiano de la inseguridad presupuestaria. Olvidemos la crisis y no preguntemos cuando terminará. La crisis ya terminó ahora vivimos la verdad. Crisis significa escasez o carestía pero antes quiere decir mutación, un cambio histórico que abre un extraño tablero con distintas reglas y otros jugadores más crueles y distantes, más lacónicos y perspicaces.
Creo que quienes gestionan los recursos públicos debieran olvidar cuanto antes la palabra crisis y hablar claramente de la nueva realidad económica actual. Un espacio fértil para el egoísmo de los mercados y para la venganza de la absurda especulación reinante durante tantos años en la vida cotidiana de las clases medias.
Mi ignorancia en materia económica no me impide reflexionar. Los funcionarios responden a la cortedad limitando el consumo hasta parámetros que, pocos meses atrás, resultarían sencillamente increíbles. Se hunden las ventas de utilitarios y se disparan las de coches de alta gama. El lujo se hace más rentable y ostentoso que nunca. Los relojes más caros presentan tamaños desmedidos. La ropa de marca reproduce su signos distintitivos ad nauseam. Los perfumes exclusivos compiten por el dorado perfil de un simple tarro. Solo podemos extraer de todo este marasmo moral una triste conclusión: En general, son las clases medias las que soportan, injustamente, el precio y el peso de esta nueva verdad económica y laboral. Son ellas las que mantienen sus viejos vehículos, las que cuentan las noches y esperan. La otra opción es aún más siniestra pues nos conduce a la impune victoria del fraude y del dinero oscuro. Y ambas propuestas, además, no son incompatibles sino complementarias
Ni siquiera el poderoso Mercurio aprobaría, tal vez, tanto desorden y tanto irresponsable.

viernes 23 de diciembre de 2011

Panorama interior: Cotidiana virtud de Georges Remi

Mi colección completa de Tintin, adquirida pacientemente durante mi época de estudiante, la destrozó el terrier que alguien tuvo la mala ocurrencia de regalar a mi hijo Jesús. Aprovechando el popular y reciente lanzamiento cinematográfico, el oportuno Circulo de Lectores ofrece la serie completa con el último formato de la Editorial Juventud a un precio módico y en cuatro cómodos plazos. Vuelvo a tenerla en casa.
La nueva lectura del famoso personaje de Hergé me ha producido algunas sensaciones que no esperaba. Siempre me pregunté cuál era la razón de un éxito tan abrumador que, en realidad, se extiende a muchos dibujantes que siguieron con acierto y rigor el surco de la linea clara. Me hago nuevamente esa pregunta y descubro matices que antes, como nos ocurre con el mejor cine, pasaron inadvertidos.
Es habitual que se recuerde cierta presencia gris del dibujante Georges Remi (su verdadero nombre) o de sus inclinaciones excesivamente conservadoras y hasta totalitarias pero estos pecados, en todo caso, no eran en absoluto extraños entre los belgas de su tiempo. Por encima de sus errores y de las crueles encrucijadas de su biografía, suele malinterpretarse su habitual discreción, su capacidad para la ensoñación o cierta limitación creativa con una condición gris que lo cubre todo pero que no se aproxima a la verdad. La mayor capacidad que tuvo fue descubrir a su alrededor, entre las personas y las cosas, la calidad y persistencia que otros aún no comprendían. La aportación de Tintin es, por ello, plural y acabará por referirse también a sus decisivos ayudantes y colaboradores, quizá más brillantes y completos en ocasiones que el propio maestro. Así ocurrió con Edgar Pierre Jacobs o con Bob de Moor, los creadores de Blake y Mortimer y del enigmático señor Barelli. De hecho, creo que fue un lamentable error, ya incorregible, que no continuaran con la serie tras la muerte de Hergé, una vez que el famoso reportero de Le Petit Vigtième prescinde de sus anacrónicos bombachos y abandona su perturbardor aspecto adolescente entre las calles de Tapiocápolis en la última entrega de esta legendaria colección de aventuras.
Definitivamente, la clave del éxito no es Hergé sino la vida de su personaje. Tenemos la sensación de que la criatura domina completamente a su creador y, conforme va pasando el tiempo, le indica en silencio qué camino debe tomar. Tampoco es cierta esa intemporalidad que se cita con demasiada frecuencia. La madurez del personaje es lenta pero perceptible y debiera haberlo conducido hasta una edad mucho más sugerente. En mi opinión, sus virtudes esenciales podrían resumirse, al margen de la destreza del dibujo -el color, la ausencia de sombras o el dinamismo de las viñetas- y del rigor argumental, en un preciosa cualidad para invertirnos. Su lectura me hacía sentir como un adulto cuando era niño y ahora me hace sentir como un niño cuando soy adulto. De la misma manera, el amplio catálogo de personajes se enmarcan bajo un aire teatral, de manera que parecen actores profesionales que tuvieran otras vidas ajenas y ocultas al drama feliz de la historieta.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Artículo 148 del Reglamento Notarial a modo de silva


 Artículo ciento cuarenta y ocho

Los instrumentos públicos deberán
redactarse cumpliendo
estilo claro, puro y preciso
sin frases ni termino alguno
oscuros, ni ambiguos y observando,
de acuerdo con la ley,
como reglas imprescindibles,
la verdad en el concepto,
la propiedad en el lenguaje
y la severidad en la forma.




La silva es una combinación métrica, no estrófica, en la que alternan libremente versos heptasílabos y endecasílabos. Este sencillo ejercicio, con alguna ligerísima licencia por el uso del infrecuente y elegante eneasílabo, sobre el famoso artículo 148 del Reglamento Notarial de 1944 quizá demuestre que el lenguaje jurídico no tiene que ser necio y oscuro.

viernes 11 de noviembre de 2011

Epigrama del pretor


Un poeta escribió mi pueblo es mi canción
y un famoso cantante aseguraba
donde cuelgo el sombrero está mi casa.
Hoy mi hogar se ha partido
como mi soledad en dos mitades.
Mi hogar, está en Granada
y en la noble y frutal ciudad de Siena
porque allí guarda ahora
mi pequeña Leonor
su ilusión por el mundo.

viernes 28 de octubre de 2011

Panorama interior: Otra vez la ciudad perdida

Fotografía: Jesus García Hinchado
En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. La frase es de Stefan Zweig y corresponde al luminoso verano de 1914. Una época feliz en la que nuestro autor saltaba de uno a otro país europeo sin que apenas algún incidente -desapercibido para la mayoría- alumbrara el feroz abismo que se avecinaba con el estallido de la Gran Guerra: Un abismo del que aún, quizá, no hemos salido del todo.
Las ciudades, sean o no grandes ciudades históricas, que han sabido no esconder su paisaje, el paisaje que las circunda y abraza, el que las sostiene y les pertenece, han sido más sabias y generalmente más dichosas, aunque a veces esta virtud solo la explica la ausencia de desarrollo y la continuidad de una digna pobreza. Bien está lo que el paso del tiempo convierte en una riqueza inesperada que nos transforma -para bien- la vida y su destino. Mucho mejor saber comprenderlo a tiempo y mantener una actitud necesaria para conservar la frescura de ese fruto sostenido sobre la piedra y la memoria.
He tenido la suerte de vivir en Galicia y disfrutar cotidianos paseos por el adarve de la muralla de Lugo, un paseo milenario que permitía -hace muy pocos años- dialogar a través de la mirada con el delicioso paisaje de la campiña gallega y del tierno paso del padre Miño: un fresco mosaico cambiante que parecía alentar las pasajeras nubes para acabar de perfilarse. La ciudad de Granada, a pesar de su alocado urbanismo fruto del desarrollismo, aún sostiene, por su proverbial calidad paisajística, una riqueza mas que extraordinaria. En sus barrios históricos más apreciados, a veces, el paisaje materialmente se vuelca en el corazón de la ciudad sin contemplaciones y le otorga una certeza que nos demuestra su verdadera importancia y la sabiduría de su presencia alzada entre la naturaleza.
¿Cuánto tiempo se mantendrá esta valiosa convicción que han forjado pacientemente la convivencia y la historia?
Cada día es más difícil contemplar el paisaje desde cualquier núcleo urbano de importancia. Es un dato que nos demuestra la dimensión del fracaso que venimos sufriendo en la ordenación territorial. La escasez de los espacios de protección de lugares históricos, la especulación y la falta de alternativas residenciales que sean razonables y respetuosas con la historia, nos condenan una y otra vez a cometer los mismos errores. Cuando dejamos de ver el paisaje desde la ciudad, debemos preocuparnos por el oscuro rumbo que hemos tomado. No se trata de una simple vinculación visual, es mucho más que eso: es una manera innata de comprender aquello que nos rodea y de saber descubrir nuevas soluciones para nuevos problemas. Cerramos las ventanas para vivir en una oquedad, eso sí, en una oquedad repleta de luz y de ruidoso silencio.

lunes 17 de octubre de 2011

Panorama exterior: Piedra y memoria

No es esta la primera vez que se erige un monumento para recordar la imponente figura del reverendo Martin Luther King. En la universidad de Uppsala se optó por cierta sencillez y por el símbolo algo manido de las dos manos que luchan, como si de un fuerte eco se tratara, por romper y desatar alguna forma de esclavitud. Otros bustos, medallones y estatuas lo recuerdan con bastante rigor y en general con poca audacia en lugares públicos de América y de todo el mundo. Pero es ahora, cuando parece afrontarse un monumento definitivo, durante el primer mandato del Presidente símbolo Obama y con la gran obra del escultor chino Lei Yixin.
Su evidente colosalismo no sorprende en una nación que ha sabido reconocer sus errores, mejor que ninguna otra, sobre la piedra tallada de la memoria. Su ubicación en Washington junto a los grandes iconos de los presidentes Lincoln o Roosevelt, nos ofrece la medida de esta penitencia social: Su asesinato engloba una buena dosis de mala conciencia, quizá la de una clase media que sostuvo hasta entonces una excesiva ambigüedad para reconocer la firmeza y justicia de casi todas sus convicciones.
La escultura ha merecido ciertas críticas interesantes que superan el ámbito puramente plástico y se enmarcan en una enriquecedora controversia social. Lo cierto es que el artista ha sido completamente fiel a sus valores figurativos y a su previsible evolución estética. Algunos sindicatos critican, por ejemplo, la explotación de trabajadores chinos para extraer la materia prima del conjunto monumental. Críticos de arte norteamericanos valoran negativamente el lenguaje gestual que transmite la estatua a la que acusan de sostener, en sus brazos cruzados, un aire excesivamente autoritario. Otros no entienden que deba ser una obra simplemente colosal que emerja desde la misma piedra con un hálito amenazador. Todo ello es, en definitiva, muy positivo y debiera promover una seria reflexión a los europeos.
El patrimonio histórico debe construírse cada día pero en Europa tenemos la sensación de no necesitar acrecentarlo, acaso de conservarlo y siempre a regañadientes, como un lastre molesto con el que tenemos pesadamente que convivir. Ya no acometemos obras que procuren transmitir un mensaje duradero porque existe una especie de complejo hacia la imitación y hacia la grandeza de la normalidad, algo que nunca tuvimos en nuestro pasado cuando cualquier jardín principesco que se preciara, tenía que diseñar algunas ruinas o templetes para emoción y alimento del espíritu contemplativo. Nuestra superioridad estética o monumental terminará por desaparecer y lo lamentaremos mucho los europeos porque contamos aún con una cierta ventaja que derrochamos en otros esfuerzos presupuestarios bastante empobrecedores e inútiles.
Europa y, por supouesto, España, debe recuperar la fe y sabiduría de sus escultores; dejarles crecer, dejarles soñar sin otra limitación que la verdad.